La colonización humana del territorio, en referencia a los bosques sigue un patrón que se ha repetido continuamente a lo largo de la historia. Es lo que se conoce como la teoría de la transición forestal.

Con la llegada de la civilización y la creación de asentamientos estables, comienza el aumento de la población, la intensificación de la producción y el crecimiento de la demanda de recursos provenientes del bosque.

En esta etapa, los bosques pierden terreno progresivamente por un doble motivo:

  • En primer lugar porque ocupan espacios aptos para la agricultura y la cría de ganado. De esta forma los montes son “desmontados”, generalmente con la ayuda del fuego, para abrir espacios de cultivo o crear pastizales para forraje.
  • En segundo lugar porque los asentamientos conllevan construcciones y necesidad de energía y la madera y la leña son excelentes recursos para ello.

Es una etapa en la que se aprovecha el bosque como si fuera una fuente inagotable de recursos. Tal es la apariencia que da en sus primeros estadios, existe abundancia por todas partes.

No obstante esta sobreexplotación insostenible acaba pasando factura requiriéndose la búsqueda de nuevos territorios que explotar y viviendo las consecuencias de la pérdida: los recursos directos no son los únicos que se pierden, también desaparecen otros como la caza, la cantidad o calidad de agua o la protección frente a la erosión.

En los casos más desfavorables esta pérdida conlleva la desertificación, la miseria y el éxodo.

En algunas ocasiones se da la posibilidad de realizar una restauración de lo perdido, mediante reforestación, con resultados, en muchos casos, espectaculares.

No obstante todo lo que se fue no es fácil de recuperar y probablemente se precisen varias generaciones de cuidado y voluntad para restituir los bosques perdidos a su riqueza pretérita.

Estos casos de restauración son sobre todo recientes a nivel histórico y no existe recorrido suficiente para valorar hasta dónde pueden llegar. En muchos casos existen cambios irreversibles (p.e. por pérdidas de suelo significativas) que muy probablemente impidan volver al estado inicial  salvo en varios miles de años.

A esa escala temporal los cambios en el clima o lo geología y la historia natural también incidirán en el tipo de bosque que se pueda volver a desarrollar.

Por tanto, nos encontramos con que, tras haber destruido los bosques, si hemos tenido la voluntad y la fortuna de recuperarlos, en general estaremos ante etapas evolutivas secundarias, generalmente con una capacidad limitada de generar todos los beneficios y riqueza que proporcionaban inicialmente.

Veamos a continuación ejemplos cercanos de este proceso.

Continua leyendo aquí: Pastos para las cabras guanches: primeras deforestaciones en Canarias

(Este post pertenece a un grupo de publicaciones cuyo mapa llave es este otro post).