En un inicio, las comunidades humanas asociadas a los bosques llevan una vida nómada o seminómada. Son cazadores-recolectores o/y agricultores esporádicos. Se mantienen en niveles de población de muy baja densidad e impacto.

En estas circunstancias se consumen los recursos que el bosque genera de forma espontánea y existe un equilibrio dinámico. Las comunidades necesitan y poseen un conocimiento cercano del funcionamiento de los bosques, están especializadas en reconocer aquellos recursos aprovechables y como y cuando se producen.

Los bosques ocupan toda su extensión potencial y proporcionan múltiples recursos para las comunidades: caza, frutos, cobijo, leñas, herramientas o espacios rituales.

Este modelo de relación ha estado presente en los albores de todas las civilizaciones y aún existen ejemplos en algunas zonas remotas de las selvas tropicales.

Bajo estas condiciones no existe crisis ambiental, si bien las amenazas pueden ser otras, como posibles predadores naturales o una mayor exposición a las inclemencias del tiempo.

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