Con la colonización castellana la explotación de los recursos forestales canarios se intensifica.

En una primera etapa los pinares y las laurisilvas vírgenes están cargados de riqueza, de madera y leñas de alta calidad en abundancia. Su aprovechamiento se convierte en motor económico, las selvas prístinas ceden el paso a las casas y los cultivos en las zonas más llanas y sufren la descapitalización progresiva.

Se produce un aprovechamiento masivo del que quedan registros, como el caso de Tenerife, de más de 70.000 m3/año y que debieron ser mucho mayores si tenemos en cuenta la superficie que quedó (Quirantes, 2009).

Pero no sólo se obtiene madera, sino también leñas para los ingenios azucareros, carbón, brea y varas y horquetillas para el cultivo del vino.

Además con la bonanza económica la población aumenta y son necesarias nuevas zonas de cultivo para alimentarla, así como más madera y leña.

Canarias se convierte en una exportadora neta de recursos forestales sin que haya una preocupación especial por qué pasará cuando se acaben esos recursos. Parece que no tienen fin.

Hasta que, finalmente, la abundancia va mermando y algunas voces alertan de los riesgos de la deforestación. Sin mucho éxito se piden y obtienen del Rey de España ordenes que frenen esta esquilmación de recursos. Pero no consiguen tener efecto.

Por un lado son normas que no se adaptan a la realidad socioeconómica insular. Resultan difíciles de aplicar.

Por otro los que se enriquecen con la sobre explotación tienen el poder suficiente como para esquivar los deseos del Rey.

Además no es sólo una cuestión de lucro que los montes van perdiendo terreno y riqueza. También existe necesidad. Familias enteras tienen como único medio de subsistencia la recogida de leñas, el carboneo o la apertura y cultivo de claros encaramados en las montañas, en medio de las selvas de laureles o en las cumbres del pinar.

Es una forma de explotación minera, de tomar sin cuidar, sin observar la capacidad de los bosques para reconstruir lo que se va extrayendo. De usurpar los claros abiertos en el bosque para la agricultura o para meter al ganado

Al final bien por las elites controladoras del tráfico ilegal de madera y de la agricultura, bien por las poblaciones más necesitadas, por todos, va desapareciendo el bosque que finalmente queda en su mayoría relegado a los lugares más inaccesibles, allí dónde resulta casi imposible llegar a cortarlo.

Como resultado de esta sobre explotación, sobre todo en las islas más pobladas, la deforestación llega a niveles elevadísimos: un 80% en Gran Canaria, un 65% en Tenerife y un 61% en el conjunto del archipiélago. En total  desaparecieron 175.000 hectáreas de las 290.000 de bosques con las que nos recibieron las islas.

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(Este post pertenece a un grupo de publicaciones cuyo mapa llave es este otro post).

Referencias

Quirantes González, F., Núñez Pestano, J.R. y García Mesa, D.A., 2009. Historia de los Montes de Tenerife. Universidad de La Laguna. Tesis Doctoral.