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En la historia de esquilmación de los bosques en la Península y Canarias se alzaron, a lo largo de los años, muchas voces e intentos de frenar su desaparición.

Abundaron las regulaciones de aprovechamiento ya iniciadas en tiempos romanos y posteriormente en disposiciones de Reyes como Recesvinto o Alfonso X “el Sabio” y que con el tiempo conllevarían la creación de cuerpos facultativos de control y gestión de los recursos: “visitadores” de La Marina, celadores, inspectores o superintendentes de montes.

Valga como ejemplo de la preocupación Real por el cuidado de los montes este fragmento de una carta de Felipe II dirigida al presidente del Consejo de Castilla en 1565:

“Una cosa he de ver acabada de tratar y es lo que toca a la conservación de los montes y aumento de ellos, que es mucho menester y creo que andan muy al cabo. Temo que los que vinieren detrás de nosotros han de tener mucha queja de que se los dejemos consumidos y plegue a Dios que no lo veamos en nuestros días[1]”.

No obstante estos esfuerzos resultaron poco fructuosos ante el avance del aprovechamiento masivo y que tuvo su momento quizás más intenso con la llegada de las Desamortizaciones en el Siglo XIX y que también influenciaron a los montes canarios.

Como respuesta a esta situación surgió una corriente social en defensa de la naturaleza, apareció el concepto de Utilidad Pública Forestal, la creación de los Catálogos de Montes exceptuados de la Desamortización, la génesis del cuerpo de Ingenieros de Montes y los Distritos Forestales,  la primera Ley de Montes (1863) o las primeras Instrucciones de Ordenación(1890).

Continua leyendo aquí: …Y las medidas de reconstrucción

(Este post pertenece a un grupo de publicaciones cuyo mapa llave es este otro post).


[1] Tomado de Alcanda, P. 2000. Evolución de la profesión forestal y el concepto de gestión forestal sostenible – Referencias históricas. Ponencia presentada en el Seminario de Política y Sociología Rural. Delegación de Alumnos. Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Montes. Universidad Politécnica de Madrid. 27 y 28 de Marzo de 2000

Con la colonización castellana la explotación de los recursos forestales canarios se intensifica.

En una primera etapa los pinares y las laurisilvas vírgenes están cargados de riqueza, de madera y leñas de alta calidad en abundancia. Su aprovechamiento se convierte en motor económico, las selvas prístinas ceden el paso a las casas y los cultivos en las zonas más llanas y sufren la descapitalización progresiva.

Se produce un aprovechamiento masivo del que quedan registros, como el caso de Tenerife, de más de 70.000 m3/año y que debieron ser mucho mayores si tenemos en cuenta la superficie que quedó (Quirantes, 2009).

Pero no sólo se obtiene madera, sino también leñas para los ingenios azucareros, carbón, brea y varas y horquetillas para el cultivo del vino.

Además con la bonanza económica la población aumenta y son necesarias nuevas zonas de cultivo para alimentarla, así como más madera y leña.

Canarias se convierte en una exportadora neta de recursos forestales sin que haya una preocupación especial por qué pasará cuando se acaben esos recursos. Parece que no tienen fin.

Hasta que, finalmente, la abundancia va mermando y algunas voces alertan de los riesgos de la deforestación. Sin mucho éxito se piden y obtienen del Rey de España ordenes que frenen esta esquilmación de recursos. Pero no consiguen tener efecto.

Por un lado son normas que no se adaptan a la realidad socioeconómica insular. Resultan difíciles de aplicar.

Por otro los que se enriquecen con la sobre explotación tienen el poder suficiente como para esquivar los deseos del Rey.

Además no es sólo una cuestión de lucro que los montes van perdiendo terreno y riqueza. También existe necesidad. Familias enteras tienen como único medio de subsistencia la recogida de leñas, el carboneo o la apertura y cultivo de claros encaramados en las montañas, en medio de las selvas de laureles o en las cumbres del pinar.

Es una forma de explotación minera, de tomar sin cuidar, sin observar la capacidad de los bosques para reconstruir lo que se va extrayendo. De usurpar los claros abiertos en el bosque para la agricultura o para meter al ganado

Al final bien por las elites controladoras del tráfico ilegal de madera y de la agricultura, bien por las poblaciones más necesitadas, por todos, va desapareciendo el bosque que finalmente queda en su mayoría relegado a los lugares más inaccesibles, allí dónde resulta casi imposible llegar a cortarlo.

Como resultado de esta sobre explotación, sobre todo en las islas más pobladas, la deforestación llega a niveles elevadísimos: un 80% en Gran Canaria, un 65% en Tenerife y un 61% en el conjunto del archipiélago. En total  desaparecieron 175.000 hectáreas de las 290.000 de bosques con las que nos recibieron las islas.

Continua leyendo aquí: Canarias sólo un ejemplo más

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Referencias

Quirantes González, F., Núñez Pestano, J.R. y García Mesa, D.A., 2009. Historia de los Montes de Tenerife. Universidad de La Laguna. Tesis Doctoral.

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